Lo que me interesa resaltar brevemente es la vigencia que en la sociedad actual, a escala planetaria, aún poseen las tendencias nacionales y sus postulados fundamentales. No tenemos porqué dirigir nuestra mirada a la política para observar esa plena vigencia de la que hablo, nos rodea machacona e inconscientemente. Echémos un ojo a la Copa Confederaciones que se está disputando durante estos días, o a cualquier otro torneo futbolístico tipo Mundial o Eurocopa; son competiciones deportivas que sin darnos cuenta están reflejando unos ideales de fuerte arraigo nacional, aunque sean a modo de tópicos; véanse los titulares y las viñetas de humor grafico que aparecen en los diarios deportivos el día después de un partido, con alusiones del tipo "España toreó a Francia", por poner el primer ejemplo que se me viene a la mente. Es cierto que no es un nacionalismo llevado a la exageración, que conlleve la afirmación de la superioridad de un país sobre otro, pero la identidad nacional subyace en nuestro inconsciente en forma de empatía con aquellos que están disputando el encuentro; hay que reconocer que todos nos sentimos orgullosos cuando nuestro país, o mejor dicho, cuando aquellos que "nos representan" deportivamente en una "selección nacional" (fijémonos en los términos que se utilizan comúnmente) consiguen algún título.
Algo semejante ocurre con la enseñanza de la Historia en nuestros colegios, institutos y universidades, concebida como "historia de las naciones". Si no, abramos cualquier libro de texto de esta materia utilizado por los estudiantes durante su formación académica y comprobaremos que comprende historias nacionales, a lo sumo occidentalistas, pero con predilección por las anteriores. En este sentido, hace un par de años la canciller alemana, Angela Merkel, propuso a la Unión Europea la conveniencia de que todos los países miembros adoptaran un mismo libro de texto que versara sobre la historia de Europa. Es fácil deducir la perspectiva histórica desde la que estaría enfocada esta "historia común", a todas luces europeísta. Es comprensible la intención de la canciller: superar las "historias nacionales" en favor de una "historia supranacional". Sin embargo, en el fondo la pretensión última de este cambio en la enseñanza de la Historia es el mismo que el actual, pero ampliando el espacio geográfico a la "supranación" europea.
No debería resultar escandaloso decir que todas las entidades políticas colectivas son objetos construidos en momentos históricos concretos y fruto de condiciones históricas determinadas. La nación es sólo la respuesta que las sociedades nacidas de las convulsiones del Antiguo Régimen dan al problema de la identidad, lo que en un principio y durante largo tiempo se denominó patria y que desde entonces quedó convertida en nación. Las naciones no son por tanto realidades objetivas, sino invenciones colectivas, por muy dura que pueda parecer la frase; no el fruto de una larga evolución histórica, sino el resultado de una relativamente rápida invención histórica. Todas, no se nos olvide.





